sábado, 9 de julio de 2016

II SEMESTRE: SESIÓN 25. EL PADRENUESTRO

El pueblo de Israel experimentó en forma directa la grandeza y la misericordia de Dios en sus vidas. Para nosotros esta experiencia comienza con la fe de que Dios está en el cielo pero vino a morar entre nosotros en la persona de Jesucristo. Él es la plenitud de la Nueva y Eterna Alianza escrita en el corazón del hombre.
Jesús llega y nos enseña a tener una experiencia personal de comunicación fraterna que genere confianza. Nadie más puede describirnos el amor paternal y hacernos sentir sus hijos. Jesús espera de nosotros que veamos a Dios más allá del Creador del universo y entablemos una relación filial con Él. De allí que lo llama Padre Nuestro. Esto incluye mi relación personal y comunitaria. Mi aceptación interior y la de mi semejante. Todo comienza por mi reconciliación conmigo mismo y con mis hermanos. De allí el “nosotros” y no el “mío”.
Jesús quiere que entendamos que el nombre de Dios es Santo, diferente y más importante que cualquier persona o cosa de este mundo; sus decisiones están llenas de sabiduría y al negarme a mí mismo y al mundo para seguirlo me estoy dejando conducir por Él y así permito que establezca su Reino en mi vida sin que haya posibilidad de que los sentimientos de envidia rencor, egoísmo sigan instalados en mi reino personal. Nos enseñó que seamos dóciles, que nos reconozcamos necesitados de Él
Dios es proveedor de bienes materiales y espirituales pero espera que mantengamos muy clara la línea entre lo necesario y el atesorar bienes terrenales que desplacen el puesto de Dios. Debo confiar  que siempre me dará lo necesario puesto que conoce mis necesidades. Por tanto si atesoro no confío, y si confío aceptaré su voluntad. Por eso Jesús dice: “Buscad ante todo el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6, 33)
El perdón es el puente que nos comunica con Dios. Si no podemos perdonar, tampoco podremos ser perdonados y por consiguiente, tampoco seremos salvados. Todo gira en un mismo centro, no poner nuestra confianza en nadie más que en Dios y eso implica la negación de lo que somos para vivir en el mundo que Jesús nos ofrece. Por eso con el Bautismo nos dio herramientas, regalos de lucha. Uno de ellos es la oración; por eso Jesús siempre fue orante durante su vida terrena. San Pablo decía que la oración constante es un antídoto para los ataques del maligno.


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