El pueblo de Israel
experimentó en forma directa la grandeza y la misericordia de Dios en sus
vidas. Para nosotros esta experiencia comienza con la fe de que Dios está en el
cielo pero vino a morar entre nosotros en la persona de Jesucristo. Él es la
plenitud de la Nueva y Eterna Alianza escrita en el corazón del hombre.
Jesús llega y nos
enseña a tener una experiencia personal de comunicación fraterna que genere
confianza. Nadie más puede describirnos el amor paternal y hacernos sentir sus
hijos. Jesús espera de nosotros que veamos a Dios más allá del Creador del
universo y entablemos una relación filial con Él. De allí que lo llama Padre
Nuestro. Esto incluye mi relación personal y comunitaria. Mi aceptación interior
y la de mi semejante. Todo comienza por mi reconciliación conmigo mismo y con
mis hermanos. De allí el “nosotros” y no el “mío”.
Jesús quiere que
entendamos que el nombre de Dios es Santo, diferente y más importante que
cualquier persona o cosa de este mundo; sus decisiones están llenas de
sabiduría y al negarme a mí mismo y al mundo para seguirlo me estoy dejando
conducir por Él y así permito que establezca su Reino en mi vida sin que haya
posibilidad de que los sentimientos de envidia rencor, egoísmo sigan instalados
en mi reino personal. Nos enseñó que seamos dóciles, que nos reconozcamos
necesitados de Él
Dios es proveedor de
bienes materiales y espirituales pero espera que mantengamos muy clara la línea
entre lo necesario y el atesorar bienes terrenales que desplacen el puesto de
Dios. Debo confiar que siempre me dará
lo necesario puesto que conoce mis necesidades. Por tanto si atesoro no confío,
y si confío aceptaré su voluntad. Por eso Jesús dice: “Buscad ante todo el
reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6, 33)
El perdón es el puente que nos comunica con Dios. Si no
podemos perdonar, tampoco podremos ser perdonados y por consiguiente, tampoco
seremos salvados. Todo gira en un mismo centro, no poner nuestra confianza en
nadie más que en Dios y eso implica la negación de lo que somos para vivir en
el mundo que Jesús nos ofrece. Por eso con el Bautismo nos dio herramientas, regalos
de lucha. Uno de ellos es la oración; por eso Jesús siempre fue orante durante
su vida terrena. San Pablo decía que la oración constante es un antídoto para los ataques del maligno.
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