Vivir en el Espíritu Santo permite que nos desatemos de todo aquello que nos sujeta al mundo. Logramos romper las cadenas del pecado que no me permiten volar hacia el Reino de Dios. La presencia del Espíritu Santo en nuestra nos permite experimentar el amor de Dios. Un amor incondicional, que no defrauda, que siempre está ahí para cuando necesitemos de el aunque seamos pecadores.
El sentir que esta a mi lado me da la fuerza necesaria para apartarme de la tentación, para alejarme de todo lo que me pueda hacer pecar. Y si caigo en el pecado me sirve de salvavidas pudiendo flotar en ese mar que nos consume, en ese mar de rabia, egoísmo, desesperanza. Resulta increíble como si lo pido con fe, en un instante todo pasa, queda atrás y puedo continuar.
Es por eso la necesidad de doblar mis rodillas ante el Santísimo, reconocerme pecador y confiar en que por su infinito amor y misericordia me dará la fuerza que necesito y que es como un "alto" que me hace consciente de su amor y fidelidad y que por eso debo corresponder a ese amor, con más amor, con más entrega.
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