El mundo nos ensordece, nos nubla el pensamiento, olvidando que Jesús nos ha llamado a estar separados del mundo. En las tormentas de la vida nos aferramos a cosas que no nos sostienen y es por eso que siempre vivimos en un continuo pesar. Pero Jesús nos recuerda que está allí para consolarnos y para hacer ligeras nuestras cargas. Si las situaciones más adversas las acompaña Dios podemos ver en ellas un sentido sabiendo que podemos obtener algo bueno de esas dolorosas experiencias.
Jesús también nos enseña a reconocer la majestad de Dios, su Poder y su Misericordia, tener presente su grandeza y nuestra pequeñez.
Jesucristo en el Evangelio de San Mateo(7,21) nos dice: "...solo entraran en el Reino de los Cielos el que hace la voluntad de mi Padre". Para eso debemos poner en sintonía la mente, el corazón y los oídos. El quiere que lo escuchemos para cambiar nuestra vida buscando cada día ser mejores como los hijos que somos de Dios. Al dejarnos conducir por el Señor vamos a puerto seguro.
Nuestra sed de Dios no la sacia el mundo, solo Dios puede darnos el agua viva. San Juan (4,14) nos repite las palabras de Jesús a la Samaritana: "...el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás..."
El sentirnos hijos de Dios pasa por reconocer que somos una gran comunidad unidos a Jesucristo en su Iglesia. Por tanto, debemos identificarnos con nuestro semejante, sus necesidades y sus sentimientos para llevarles el agua viva que viene de Dios.
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